Siquiera podría decirles
qué número de discusión fue. Pero recuerdo que fue una de las
últimas. Aunque en ese momento me negué a aceptarlo, hoy confieso
que sentí celos.
Antes de despedirse con
un simulado saludo indiferente que yo sabía amargo de angustia,
llegué a rozarle uno de esos lánguidos brazos que colgaban de su
breve ser. La amaba tanto que llegué a odiarla. Sentía que en
todo estaba ella aún cuando ni ella ni yo lo deseáramos así.
Pensé que volvería. Que
en ese instante en el que adiviné que dudaba, iba a darse la vuelta
y subir nuevamente al auto... y que sin pensarlo demasiado nos íbamos
a dar a la fuga y que ya nunca más nadie sabría de nosotros, de
nuestra existencia, a no ser por alguna lejana noticia de algún
periódico.
Sin embargo, testaruda
como era, como es, llena de vacíos, como la sabía, siguió adelante
sin mirar hacia atrás: sin volver su rostro para no encontrar mis
ojos, lo sé.
Salí a toda velocidad
sin rumbo exacto. Quería morir, y cada vez que llegaba a una esquina
aceleraba un poco más buscando que el destino me encontrara poniendo
fin a toda la locura que circulaba por mis venas, a toda esa bronca
contenida desde hacía demasiado y que sentía a punto de desbocarme.
Cuando reaccioné, me encontraba en una de esas calles céntricas que
hay de vez en cuando. Intentaba pensar mientras rumiaba todos los
insultos que se me cruzaron por la cabeza pero que no me animé a
pronunciar adelante de ella. Quería que hubiera alguna víctima por
mi desdicha. Quería yo convertirme en la víctima de mi dolor.
Descendí un poco la marcha cuando pensé que era probable terminar
atropellando a alguien sin lograr mi cometido.
Toqué mi bolsillo y
recordé que tenía aún cien pesos en mi billetera. Despechado,
pensé buscar consuelo en los brazos de alguna infeliz mujer que
fingiera ser ella por un rato para descargar toda mi energía en su
cuerpo. Sentí lástima de mí mismo.
Aún con la boca amarga
por la cerveza que habíamos compartido o por los insultos no
proferidos, pensé emborracharme hasta quedar inconsciente de ese
dolor que empezaba a oprimirme el pecho. El problema no era qué iba
a pasar conmigo una vez que entrara en coma. Lo terrible era tener
que tomar esos primeros vasos, consciente, en plena soledad.
Para cuando recordé
aquel bar al que siempre quise ir y nunca pude a causa de ella, ya
estaba llegando a la autopista.
Recordé que en el auto
mi padre solía dejar las llaves de una casa que había comprado en
el campo. Pensé en dar la vuelta e ir a buscarla para llevarla hasta
allí y resolver todas nuestras disputas y diferencias haciéndola
mía una y otra vez bajo el cielo transparente y estrellado. Temí no
soportar que me rechaza. Preferí pensar que nunca me hubiera dicho
que no...
Poco a poco, en cada
pensamiento, en cada nuevo plan, se me iba colando su imagen y
comencé a preguntarme si acaso no era yo quien estaba equivocado.
Pero ya era demasiado tarde.
Tomé la autopista... en
la primer bajada cargué combustible con el dinero que en algún
momento pensé invertir en una puta y saqué cuentas respecto a los
kilómetros que podía recorrer.
Recordé que siempre que
viajábamos hacia el sur, ella me indicaba en dónde tenía que
doblar para seguir la ruta indicada. Entendí que ya nunca más iba a
compartir ese viaje con ella. Ya nunca.
El pavimento solitario
parecía marcar el rumbo indicado: aquel camino bifurcado que ya no
compartiríamos. Llegué hasta el cruce. Detuve la marcha. Bajé del
auto.
El frío comenzaba a
calarme los huesos y yo sin comprender aún cuál de los desvíos era
el correcto. La vi sonriente, canturreante, con el entusiasmo que
solíamos tener cuando partíamos a la aventura: “en la próxima
girá”. Sé que es absurdo, pero en ese momento comprendí que ya
no la necesitaba y una melancolía colmó mi cuerpo... inhalaba
melancolía sin lograr exhalarla.
Subí al auto. No quería
regresar a casa. Ya no había hogar.
Tomé nuevamente la ruta;
esta vez, en sentido contrario.
Me detuve a un costado
del camino. Apagué las luces del auto y en la inmensidad del espacio
me perdí fumando un cigarro para poder sacar mejor lo que estaba por
dentro. Ya no sentía frío. Sólo sentía una profunda tranquilidad
que llegaba a asustarme.
Estaba aclarando. Era un
nuevo día. Parecía tan lejano aquel siniestro roce. Si fuera menos
testaruda... si fuera menos orgulloso... pero no seríamos nosotros y
no llegaría a odiarla tanto que podría amarla otra vez.
