Y no sé por qué extraña casualidad
te encontré transfigurando versos de inexistentes lenguas, jadeando
preguntas incomprensibles, llorando penumbras.
Respirabas el alba y tu aliento era el
mío. Llegué a olvidar mi nombre, mi cuerpo, mis pensamientos.
Llegué a adivinarte tan exactamente que confundí tu deseo con el
propio.
Era un día como hoy, eran unas horas
como estas; penaba mis amores no declarados, fantaseaba con otros
destinos, y en tu desfachatez encontré consuelo.
Lamías mis ganas secando la cordura
arrebatada y yo, sin quererlo, te dejaba. Hablabas seriamente y algo
habré escuchado porque lograste persuadirme sin más: nos mentimos
la ególatra verdad y, satisfechos, brindamos por ello hasta el
olvido. Y el “después” y el “mañana” era algo tan vago que
ni la culpa tuvo lugar.
Todo se encontró mezclado, fuera de
lugar, y para cuando volvimos a ser uno y otro las palabras no
alcanzaron.
Era un día como hoy, eran unas horas
como estas, en las que suspiro de vez en cuando el vano recuerdo de
dos cuerpos compartidos por extraña casualidad.