Quizá me encuentre buscando en vos algo de lo que yo carezco.
Lluvia, amarga savia del viejo árbol de la memoria que quisiera borrar.
Escucho el silencio que socava mi ser. Siento la inacción plagando mis huesos.
La vida se torna un sueño dentro de un sueño del que se hace imposible distinguir la vigilia. El momento de claridad, fugaz instante tibio como el sol de septiembre, pierde consistencia al encontrarme despertándome una y otra y otra vez en mi cama oscura, entre mis sábanas del color de la inmensidad estrellada.
Calma. Exasperante calma.
Siquiera mi voz rompe la inagotable monotonía de las gotas.
Cae mi cuerpo como el agua al río. Silencio. Sospecho una sonrisa enredada entre la penumbra. Adivino la existencia de ese otro que yace al lado mío y que no puedo ver, que aún no puedo descifrar, que tal vez nunca conozca. Un vacío profundo apuñala algo que se encuentra dentro mío. Toma mi mano y quema mi piel.
Angustia mordaz deja su huella en mi rostro y se confunde con el temporal.
El deseo por aquello que nunca vamos a conseguir nos resigna.
Quizá no sea ya capaz de compartirme y sin siquiera saberlo te culpo por ello.
Siento que pasan los días y sólo va quedando un destello de aquellos que supimos ser.
Cae el cielo. Aún continuamos solos, uno al lado del otro pero solos.
Las necesarias palabras que alguna vez callamos nunca podrán recuperar su tiempo perdido.
Y esta lluvia que no cesa, y esta noche que sólo da lugar a otras noches más largas, a unas noches blancas.