A mi hermano del alma:
Fede.
Te apareciste calcado de experiencias
interpretadas de disímiles maneras.
Como si nos conociéramos de una vida
anterior, rápido sellamos la confianza en la adversidad.
Sin que nos importara demasiado qué
pudieran pensar quienes nos rodeaban por aquel entonces, compartimos
detalles con la complicidad de quien sabe la incondicionalidad del
afecto.
En veloces madrugadas, sembramos cariño ahí donde nos habían
dejado funesta sequía. Remendamos juntos las teorías de amor que
habían surgido de la incomprensión. Vos, herido por una historia
que intentamos interpretar y a la que dimos fin con una carta de
despedida nunca entregada. Yo, espantada por una mala parodia de
Edipo que hubiera devenido en locura de no ser porque encontré tu
mano sujetándome a este mundo.
Fuiste aquel que me dio el necesario empujón para volar en las alturas. Aquel que nunca dudó de mi palabra, de mi; quien me acompañó con la palabra aún antes de conocernos las caras.
Estás presente en todo momento sin
reclamar ni un segundo de mi vida.
Versión masculina de mi: espejo en el
que mido mis aciertos; sos quien tiernamente señala mis errores.
Hermano por azar, de la vida y de la suerte.