martes, 29 de mayo de 2012

Hermano.


A mi hermano del alma: Fede.

Te apareciste calcado de experiencias interpretadas de disímiles maneras.
Como si nos conociéramos de una vida anterior, rápido sellamos la confianza en la adversidad.
Sin que nos importara demasiado qué pudieran pensar quienes nos rodeaban por aquel entonces, compartimos detalles con la complicidad de quien sabe la incondicionalidad del afecto.
En veloces madrugadas, sembramos cariño ahí donde nos habían dejado funesta sequía. Remendamos juntos las teorías de amor que habían surgido de la incomprensión. Vos, herido por una historia que intentamos interpretar y a la que dimos fin con una carta de despedida nunca entregada. Yo, espantada por una mala parodia de Edipo que hubiera devenido en locura de no ser porque encontré tu mano sujetándome a este mundo.
Fuiste aquel que me dio el necesario empujón para volar en las alturas. Aquel que nunca dudó de mi palabra, de mi; quien me acompañó con la palabra aún antes de conocernos las caras.
Estás presente en todo momento sin reclamar ni un segundo de mi vida.
Versión masculina de mi: espejo en el que mido mis aciertos; sos quien tiernamente señala mis errores. 
Hermano por azar, de la vida y de la suerte.