lunes, 22 de julio de 2013

Kilómetros al Sur.

Siquiera podría decirles qué número de discusión fue. Pero recuerdo que fue una de las últimas. Aunque en ese momento me negué a aceptarlo, hoy confieso que sentí celos.
Antes de despedirse con un simulado saludo indiferente que yo sabía amargo de angustia, llegué a rozarle uno de esos lánguidos brazos que colgaban de su breve ser. La amaba tanto que llegué a odiarla. Sentía que en todo estaba ella aún cuando ni ella ni yo lo deseáramos así.
Pensé que volvería. Que en ese instante en el que adiviné que dudaba, iba a darse la vuelta y subir nuevamente al auto... y que sin pensarlo demasiado nos íbamos a dar a la fuga y que ya nunca más nadie sabría de nosotros, de nuestra existencia, a no ser por alguna lejana noticia de algún periódico.
Sin embargo, testaruda como era, como es, llena de vacíos, como la sabía, siguió adelante sin mirar hacia atrás: sin volver su rostro para no encontrar mis ojos, lo sé.
Salí a toda velocidad sin rumbo exacto. Quería morir, y cada vez que llegaba a una esquina aceleraba un poco más buscando que el destino me encontrara poniendo fin a toda la locura que circulaba por mis venas, a toda esa bronca contenida desde hacía demasiado y que sentía a punto de desbocarme. Cuando reaccioné, me encontraba en una de esas calles céntricas que hay de vez en cuando. Intentaba pensar mientras rumiaba todos los insultos que se me cruzaron por la cabeza pero que no me animé a pronunciar adelante de ella. Quería que hubiera alguna víctima por mi desdicha. Quería yo convertirme en la víctima de mi dolor. Descendí un poco la marcha cuando pensé que era probable terminar atropellando a alguien sin lograr mi cometido.
Toqué mi bolsillo y recordé que tenía aún cien pesos en mi billetera. Despechado, pensé buscar consuelo en los brazos de alguna infeliz mujer que fingiera ser ella por un rato para descargar toda mi energía en su cuerpo. Sentí lástima de mí mismo.
Aún con la boca amarga por la cerveza que habíamos compartido o por los insultos no proferidos, pensé emborracharme hasta quedar inconsciente de ese dolor que empezaba a oprimirme el pecho. El problema no era qué iba a pasar conmigo una vez que entrara en coma. Lo terrible era tener que tomar esos primeros vasos, consciente, en plena soledad.
Para cuando recordé aquel bar al que siempre quise ir y nunca pude a causa de ella, ya estaba llegando a la autopista.
Recordé que en el auto mi padre solía dejar las llaves de una casa que había comprado en el campo. Pensé en dar la vuelta e ir a buscarla para llevarla hasta allí y resolver todas nuestras disputas y diferencias haciéndola mía una y otra vez bajo el cielo transparente y estrellado. Temí no soportar que me rechaza. Preferí pensar que nunca me hubiera dicho que no...
Poco a poco, en cada pensamiento, en cada nuevo plan, se me iba colando su imagen y comencé a preguntarme si acaso no era yo quien estaba equivocado. Pero ya era demasiado tarde.
Tomé la autopista... en la primer bajada cargué combustible con el dinero que en algún momento pensé invertir en una puta y saqué cuentas respecto a los kilómetros que podía recorrer.
Recordé que siempre que viajábamos hacia el sur, ella me indicaba en dónde tenía que doblar para seguir la ruta indicada. Entendí que ya nunca más iba a compartir ese viaje con ella. Ya nunca.
El pavimento solitario parecía marcar el rumbo indicado: aquel camino bifurcado que ya no compartiríamos. Llegué hasta el cruce. Detuve la marcha. Bajé del auto.
El frío comenzaba a calarme los huesos y yo sin comprender aún cuál de los desvíos era el correcto. La vi sonriente, canturreante, con el entusiasmo que solíamos tener cuando partíamos a la aventura: “en la próxima girá”. Sé que es absurdo, pero en ese momento comprendí que ya no la necesitaba y una melancolía colmó mi cuerpo... inhalaba melancolía sin lograr exhalarla.
Subí al auto. No quería regresar a casa. Ya no había hogar.
Tomé nuevamente la ruta; esta vez, en sentido contrario.
Me detuve a un costado del camino. Apagué las luces del auto y en la inmensidad del espacio me perdí fumando un cigarro para poder sacar mejor lo que estaba por dentro. Ya no sentía frío. Sólo sentía una profunda tranquilidad que llegaba a asustarme.

Estaba aclarando. Era un nuevo día. Parecía tan lejano aquel siniestro roce. Si fuera menos testaruda... si fuera menos orgulloso... pero no seríamos nosotros y no llegaría a odiarla tanto que podría amarla otra vez.

3 comentarios:

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    1. Perdón por la demora, tuve algunos problemitas con la configuración del blog y no podía comentar ni responder. Tarde pero seguro, aquí estoy.

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