Y de repente... todos fuimos niños. Fue aquella tarde soleada y fría en la que, a costa de vencer varios miedos, había adquirido unos nuevos juguetes. Nadie pudo resistir la tentación de jugar una vez más; parecía tan fácil y divertido que era casi un absurdo no intentarlo.
Volaban cosas por el aire empujadas por una brisa de carcajadas que parecía mantenerlas en vuelo, como si cada palabra, pelota, clava, sonrisa quedara suspendida eternamente en un instante brillante, feliz, apasionado... y es que en realidad todos estábamos volando.
Nadie sintió vergüenza ni miedo al fracaso... nadie se preocupó por conservar intactas aquellas cosas que eran “tan fundamentales para nuestra felicidad” y que de repente se convirtieron en el telón de fondo de aquel circo familiar improvisado.
Todos éramos nuevos en algo, todos lo hacíamos por primera vez, todos éramos potenciales malabaristas, acróbatas, payasos... Los miedos no tenían lugar: todos éramos contrabandistas de sensaciones, inconscientes soñadores despiertos.
Fue así como, de manera inesperada, un niño que rozaba los sesenta años y dos niñas los suficientemente maduras como para jugar a ser madres pudieron comprender el secreto de la vida, de la muerte, del tiempo, de la felicidad; en un segundo vieron toda su vida, se vieron desde arriba, desde lejos, ajenos a ellos mismos y siendo ellos como quizá nunca antes lo habían sido... vieron una estrella, una tarde de otoño, su primer sonrisa, el Aleph y hasta el instante mismo en el que fueron concebidos... se vieron como humanidad, como los otros los ven, como nadie nunca los vio.
El universo entero se estremeció de tal forma que el tiempo se detuvo por unos segundos aquella tarde soleada y fría en la que todos fuimos niños una vez más y el infinito se reveló ante nosotros.
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