Sueños de Libertad.
A mi compañero alado.
Mantenga el vuelo, camarada, que sólo volando se es realmente libre.
El aire de alamedas nos da qué respirar.
El cielo es nuestro, hermano.
Bien lo conocen nuestras pupilas que toda una vida lo recorrieron juntas,
vida eterna trunca antes de tiempo.
No cierre los ojos, compañero... el vértigo es lo que nos permite saber que aún estamos vivos.
Aún me parece ver su cuerpo arremolinado de felicidad, de plenitud, y hoy ya no distingo si es que está por encima de las cabezas o por debajo de un cóndor.
Una esperanza late en el pecho: volver a ser los que fuimos... dos cuerpos alados... ¡qué digo! Un par de alas con cuerpo...
Una certeza alborota las ideas: saber que es posible...
Pueblos de sal, caminos intransitables, paisajes hostiles han vislumbrado un instante de nuestras sombras bailarinas y, en ese mismo instante, nuestras almas quedaron desnudas y todo lo que éramos en potencia fue en una milésima de segundo...
Salte al vacío, amigo... que era lo mejor que sabía hacer por aquellos tiempos de parrales brillantes y noches excesivas...
Las estrellas, todas ellas, en su imposible infinitud limitada, han sido nuestro hogar; los soles de cada atardecer, nuestros tibios cómplices...
Las nubes de todos los tiempos nos reclaman... extrañan la rebelde juventud que nuestra locura irreconciliable regalaba al mundo...
No tenga miedo, mi niño... la tierra siempre estará bajo nuestros pies y el infinito por sobre nuestras ideas... y si la muerte llegara a encontrarnos en caída libre, sepa que ese mismo día el mundo, el universo entero, con todos sus cielos y todos sus pájaros, será por el resto de la historia nuestro...
Le voy soltando la mano, mi querido... recuerde que para poder volar, primero hay que dejarse caer...
Prometa seguir volando... seguir amando... seguir perfumando el viento con ese aroma tan suyo... tan parecido a los sueños de libertad...
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