jueves, 7 de octubre de 2010

Desde el fondo del abismo.


“En el fondo del abismo, sólo restan dos opciones:
buscar un motivo para subir o
resignarse a morir sin él”.
Y con la resignación acentuada en su voz dijo: “cuando te caigas me vas a encontrar tratando de sujetarte; soy consciente de que me quedan pocas fuerzas y que lo más probable es que caigamos los dos al vacío, pero eso no me asusta... sé que cuando necesite un par de brazos que me rescaten no los voy a encontrar, no vas a estar... está bien que sea así... tampoco me da temor eso... se nace solo y se muere de la misma forma, todo lo que sucede en el medio, la vida si querés, es pura ficción... la vida es complicada... es una mierda”.
“La vida es linda, la vida es linda”, repetía El. Ella no entendió si trataba de convencerla o convencerse... sea cual fuere su intención, pareció no lograr efecto en ninguno de los dos.
Con un tono que Ella le desconocía, le dijo: “Ahora me vas a escuchar”; quizás la sorprendió por ser demasiado mundano... quizás porque lo hacía parecer un hombre, un hombre castigado por una vida que El creía llena de nada, o mejor dicho, de recuerdos... Luego de eso, Ella perdió el sentido... sus oídos, su cuerpo entero no era capaz de resistir más castigos... sabía que estaba cayendo y la preocupaba saber qué tan lejos se encontraba el fondo... y estaba perdida en sus meditaciones pensando en el abismo de su ser cuando la realidad o El la interpeló casi con una súplica: “una vez te pedí un tiempo y me lo negaste, ¿me das un tiempo ahora?, ¿un tiempo como sostén?”. La respuesta cayó como por el mismo peso de la gravedad, sin ser pensada, puesto que el tiempo parecía demasiado escaso para los dos, o así lo percibía Ella... creo que es en esas circunstancias cuando las palabras apresuradas son las expresiones del alma... en este caso, un alma que se notaba desagarrada: “no... no puedo... la vida se me va esperando no se qué cosa... sé que no puedo sostenerme a mí misma, por eso no puedo esperar(te), quizás en algún tiempo me encuentres... pero no puedo asegurarlo”; en ese mismo instante pensó afligida: “¿y a mi qué me espera?”, y aunque no se animó a decirlo, se le adivinó en un gesto angustiado; se dio cuenta, entonces, que El ignoraba su situación: no se había percatado de que Ella ya no estaba ahí, que necesitaba una mano que la sujetara a algo firme antes de que pudiera averiguar qué tan lejos yacía el fondo; tampoco vio que en ese momento tuvo la certeza de que existen muchas formas de estar muerto... si hubiera posado aunque sea por un instante sus ojos en los de Ella, hubiera percibido que no estaba con la niña que había conocido varios años atrás, sino con una mujer que hacía tiempo deambulaba medio muerta por la ciudad y que con el último aliento que lograba provocar un sol que a veces le entibiaba la sangre buscaba una razón para seguir respirando.

Y después...
El Silencio...

No sabían cuánto tiempo había transcurrido, pero El parecía estar pensando seriamente en algo... Ella lo notó cuando descendió la marcha casi llegando a su casa para dejarla para siempre... se repetía a sí misma “una razón por la que morir, es un sentido por el cual vivir”, casi del mismo modo en el que El lo había hecho cuando (se) decía “la vida es linda, la vida es linda”...
Llegando a la puerta de su casa, no podía dejar de compadecerse por lo sola y vacía que se sentiría esa noche... se decía, para consolarse, que de todos modos se parecería mucho a la sensación que la agobiaba casi todos los días al caer el sol, cuando encontraba una cama demasiado grande para su cuerpo agonizante...
Creo que fue porque puedo ver la convicción que tenía Ella que decidió, por los dos, que dormirían juntos... Ella, que estaba demasiado sumergida en lo oscuro de sí misma, no comprendió que de alguna forma estaba decidiendo conservarla en su vida... fue recién al otro día, cuando ya no estaba El a su lado que lo entendió así y le agradeció por uno de eso medios que no dejan ver que tan triste se encuentra uno cuando no puede estar cara a cara con la persona a la que se le debe la última noche con algo de vida...
Reaccionó, prendió un cigarro en la cama mientras miraba el cielo gris y pensaba en qué debía hacer... se quedó dormida... volvió a despertar... prendió otro cigarro... ya no veía el cielo gris sino una fuerte lluvia... pensó si narcotizarse la ayudaría a apagar el dolor... se distrajo mientras comprendía que la herida del alma de alguna forma se había secado, pues no podía llorar y se preguntaba si era necesario encontrar brazos dispuestos a atajarla o si debía resignarse a morir estrellada en el piso en ese mismo momento... volvió a dormirse...
Luego de varias horas, despertó.
Desayunaba ojeando un periódico cuando una frase captó su atención: “Perforada, desangrada, ya estaba por caer bajo el efecto de los calmantes en el quirófano, pero alcanzó a hacer un anuncio a los médicos: 'Qué linda es la vida'. Y se le cerraron los ojos”. Recordó, entonces, la última vez que había experimentado esa sensación y en lo que El había repetido, una y otra vez, la noche anterior y se preguntó si no se lo estaría diciendo a ella... Pensó, por último, en la operación que El debería enfrentar dentro de dos días y en lo mucho que se parecían esas líneas a lo que estaban viviendo... Creo que fue en ese momento en el que sintió la necesidad de escribir esto...
Luego de repasar lo sucedido, encontró los rastros de lo que El había hecho sin sospechar que Ella estaba durmiendo en un agujero que parecía no tener fin... una toalla fuera de lugar, un cigarrillo apagado apresuradamente en un cenicero... se dio cuenta de que era verdad: vivía sola y si podía descifrar sus movimientos era por “esos pequeños detalles que hacen grande la vida” de los que le hablaba El...
Confundida, no sabía si lo volvería a ver... habían acordado un proyecto en común... se había quedado a dormir como forma de decir lo que con palabras no se puede transmitir al cuerpo (“no te quiero perder... estamos perdidos”)...
“Qué debo hacer... qué quiero hacer... estoy sola”, pensaba una y otra y otra vez desde hacía unos días... pero ahora, sus palabras resonaban con más fuerza: eran el eco desde el fondo del abismo.

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