Recordando los futuros del pasado se pregunta en qué desvío se han perdido los segundos, los minutos y hasta las horas enteras de sus sueños precoces.
La habilidad de ver en el ayer y en el mañana la gloria y la ceguera permanente del hoy, pesan sobre las alas heridas de la niña vuelta mujer sin siquiera notarlo; repasa cada movimiento para encontrarse de camino a algún lugar que tal vez pueda llamar hogar: ¿Dónde quedó ese cuerpo desgarbado al que había que repasar dos veces para sentirlo? ¿Dónde se perdió aquel hálito que no llegaba a ser más que una tímida voz cuando la pasión lograba arrebatar palabras bruscas e inexpertas que ensayaban ser una objeción, un grito?
Recuerda aquella vez que practicó ser una viuda en París; cuando fingió ser invisible en el subte; la vez que se encontró tan lejos de su hogar paterno que pensó que no regresaría jamás. Y sin embargo, el error, la imprecisión siempre se imponen como un límite a la memoria y no queda más remedio que asumir que todo aquello es mentira: caminó por Ivry Sur Seine con una sonrisa a pesar de la congoja; aún cuando se convenció de ser un fantasma en una línea verde camino a la facultad, un niño tuvo la insensatez de sonreírle y revelarla; sintió temor por sentir temor de nunca más volver.
Falsea cada verdad pasada... Tantos pero tantos futuros se perdieron, titilantes, en algún lejano lugar del universo... Acepta, entonces, que sólo resta la torpe certeza del incierto presente, de aquello tan gigante y efímero que, sospecha, ninguna mente humana ha sido nunca capaz de simbolizar claramente.
“Hoy”, “Ahora”, “Ya”... Impone categorías que no corresponden a la lógica del tiempo en un vano intento de amordazarlo.
Repasa cronológicamente su vida para ordenar su mente. Intenta, desesperadamente, poder decir quién es: “Hoy, 26 de julio de 1987, a las 12:15 horas, nació”. “Hoy, 26 de julio de 1997, cumple diez años”. “Hoy, 26 de julio de 2009, siendo las 15:20 horas, decide terminar con su primer gran amor”. “Hoy, 26 de julio de 2010, a las 21:34 horas, va a descubrir que se puede amar por segunda vez en la vida”.
Así, la vida, su vida, se parece a frías palabras distantes que siquiera le pertenecen. Azares que poco tienen que ver con este preciso instante, con este fugaz segundo que acaba por robarle la palabra y su ser.
